La despedida de De Zerbi, el derrumbe de un proyecto. En Marsella nadie es intocable
No es una simple separación. Es el fin de una ilusión. Marsella amanece tras una noche con sabor a rendición, con la sensación de que algo se rompió mucho antes del 5-0 ante el Paris Saint-Germain. Lo de París no fue la causa, sino la foto definitiva de un malestar que se venía gestando desde hacía semanas.
Roberto De Zerbi deja el Olympique de Marsella (OM) tras un año y medio que debía marcar el inicio de una nueva era. El club le confió mucho más que un banquillo: una identidad, una visión, una promesa de crecimiento. Su fútbol estaba llamado a ser el manifiesto del relanzamiento, a devolver la ilusión. Pero, con el paso de los meses, esa idea se fue deshilachando entre resultados irregulares, fragilidad emocional y un vestuario que en los momentos clave no supo soportar el peso de las expectativas.
El batacazo ante el PSG fue solo el último acto. Antes, la derrota, demoledora, en la Supercopa de Francia; después, el Club Brujas y la eliminación en la Liga de Campeones. En la Ligue 1, el actual cuarto puesto —que le dejaría sin Champions— habla de un objetivo mínimo hoy incluso en riesgo. De Zerbi se mostró profundamente tocado; no solo por las derrotas, sino por la actitud vista en el césped: equipo apagado, sin reacción, con la jerarquía evaporada. Buscó el cara a cara con los jugadores, quiso saber si el vestuario seguía unido a su alrededor. Se reunió varias veces con la cúpula, pero esas conversaciones no devolvieron la confianza. Y cuando se pierde la convicción mutua, la ruptura se vuelve inevitable.
Y pensar que 2025 había dejado un momento simbólico: la histórica victoria liguera ante el PSG, el día de la entrega del Balón de Oro a Ousmane Dembélé. Parecía el amanecer de una nueva era. No fue así. Los números no son crueles, pero tampoco ilusionan: 69 partidos, 39 victorias, 10 empates y 20 derrotas. Cero títulos. Demasiado poco para una plaza que vive de ambición y orgullo y que hace unos meses vio a sus eternos rivales ganarlo casi todo.
El proyecto deportivo, impulsado con fuerza por el director deportivo Mehdi Benatia —muy ligado al técnico italiano—, naufraga con él. Y ahora la directiva también puede quedar bajo la lupa. Porque cuando fracasa una idea tan marcada, las responsabilidades no pueden recaer en un solo hombre. Marsella debe mirarse al espejo. ¿Quiere seguir apostando por una filosofía de juego, asumiendo sus riesgos? ¿O prefiere una gestión más pragmática y orientada únicamente al resultado? De Zerbi se marcha dejando más preguntas que certezas. Y un club que, otra vez, está obligado a empezar de cero.



