Bosnia desmonta el relato: Zenica no fue una caldera. Y el césped no es excusa
Hemos leído de todo. Nada más acabar el Gales-Bosnia, Zenica pasó a ser un fortín inexpugnable —y, sin embargo, ya lo asaltamos con un 0-3 en 2019, con Mancini al mando— y los bosnios poco menos que un ogro, hasta el punto de que algunos alertaban de moverse por la ciudad por posibles represalias. La realidad supera a la ficción, adelantando por la derecha y con las largas puestas. Fue una fiesta para el pueblo bosnio —para nosotros, bastante menos— y que, incluso con una eliminación, habría continuado. Porque todos habrían aplaudido, quizá llorado; desde luego, no se habrían lanzado a la caza de italianos como alguno pudo pensar.
Puede que el estadio no tuviera 8.800 espectadores. Porque, y es evidente, ese 20% de menos se lo tragaron las gradas colindantes, a rebosar en todos los sectores. La situada a la izquierda de la tribuna de prensa albergó a muchas más personas de lo habitual. Y casi fue una pena que no hubiera aficionados detrás de la otra portería. Zenica demostró, con el aplauso cuando sonó el himno italiano, que hay cariño por la selección italiana. Quizá por indicación de Dzeko, como es normal.
No hubo ningún infierno. Y el césped no es excusa: sí, irregular, con calvas y marcas, pero apto para jugar. Siempre que uno quiera algo más que meterse atrás 75 minutos y fiarlo todo a una contra de Moise Kean o a los disparos de Esposito o Dimarco. El relato previo hacía aguas por todas partes; el posterior —sobre todo el de los protagonistas en rueda de prensa—, también.



