Del penalti fallado a la pancarta de amor: Orsolini, un déjà vu que escuece
El destino, a veces, tiene un sentido de la ironía casi cruel. Y para el Bolonia, el duelo del Dall’Ara ante la Lazio, en la jornada 30, tuvo el amargo sabor del déjà vu, de los que escuecen por partida doble.
Bastaba cerrar los ojos y volver al 11 de febrero, cuando en los cuartos de final de Coppa Italia volvió a ser un penalti el que marcó la frontera entre la esperanza y la decepción: el que falló Riccardo Orsolini y el que convirtió Kenneth Taylor, que costó la eliminación al Bolonia. Ayer, mismo estadio, misma historia: Orsolini desde los once metros para adelantar a los suyos, error. Y luego, la factura la cobró el ex del Ajax con un doblete celeste que puso el 0-2 y el adelantamiento en la clasificación.
Un punto de inflexión, del partido y quizá de toda la temporada. Porque ese balón desde los once metros no era solo una ocasión para encarrilar el choque, sino también para espantar un periodo complicado que ya dura semanas. El último chispazo de Orsolini se remonta al 29 de enero, ante el Maccabi: desde entonces, un ayuno duro para un futbolista acostumbrado a marcar diferencias.
Los números y las sensaciones han pesado también lejos de Bolonia. Las jerarquías del seleccionador Gennaro Gattuso, pensando en el playoff de la selección, no le favorecen. Y no es para menos, visto un rendimiento que en los últimos meses solo ha aparecido a ráfagas: el penalti en la final de la Supercopa contra el Inter, el gol en Verona y el tanto europeo ante el Maccabi. Demasiado poco para alguien que, como él, suele marcar la diferencia.
No es casualidad, entonces, que Vincenzo Italiano, en las grandes citas, haya optado a menudo por confiar en Federico Bernardeschi. Y precisamente el ex de la Juventus, que venía de convertir dos penaltis seguidos con la AS Roma, pudo haber asumido la responsabilidad desde el punto fatídico ante la Lazio. Pero el grupo eligió otra cosa: darle confianza a Orsolini, ofrecerle la opción de sacudirse los fantasmas.
Una decisión de corazón, más que de lógica. Y el césped, por desgracia, dio otra respuesta. Si antes de esta temporada ningún portero había conseguido detenerle un penalti, este curso ya ha pasado dos veces: el 22 de noviembre, Okoye en Udine, y ayer Motta en el Dall’Ara.
Y, sin embargo, en el fútbol como en la vida, no todo se mide por una sola jugada. A las afueras de Casteldebole, para recordarlo, apareció una pancarta, simple pero poderosa: "Il nostro sostegno e il nostro amore non può cambiare per un rigore. Forza Orso".
Un mensaje que va más allá del resultado, más allá de la clasificación. Porque si el playoff de la selección parece ya haberse esfumado, en el horizonte queda un objetivo aún mayor: el Mundial de verano. Y esa camiseta azzurra, hoy lejana, pasará inevitablemente por lo que Orsolini sea capaz de demostrar con el Bolonia en este tramo final de temporada.



