La FIGC necesita un comisario extraordinario mucho más que un nuevo presidente federal. Antonio Conte ha capeado el temporal con el SSC Napoli y ya ha lanzado su candidatura a seleccionador
El mayor error de Gabriele Gravina en sus siete años y medio al frente ha sido pensar antes en blindar su sillón que en impulsar reformas. En los días posteriores al descalabro de Zenica, al ya dimisionario número uno de la FIGC se le reprochó, sobre todo, no haber cambiado el marco del fútbol italiano pese al 98,68% de apoyos que recibió poco más de un año atrás. Todos, salvo Lotito y De Laurentiis, le avalaron entonces para un tercer mandato. Todos: desde la Serie A a la Serie B, pasando por la Lega Pro, la Serie D, los árbitros, los futbolistas y los entrenadores. ¿Entonces por qué no hizo nada?
El verdadero problema del fútbol italiano, demasiado poco subrayado, es que hoy un presidente federal, si quiere ser elegido y conservar el cargo, solo tiene que hacer una cosa: no hacer nada. Si no molestas a nadie, todos te reelegirán. Si mantienes el status quo, nadie tendrá motivos para echarte. Aquel 98,68% que obtuvo Gravina hace poco más de un año fue la mayor garantía de que nada cambiaría. ¿Y por qué iba a cambiar algo a partir del próximo 22 de junio?
La pregunta corre el riesgo de ser retórica; tememos que la respuesta ya la conocemos. La única gran decisión que el nuevo presidente de la FIGC “arriesga” tener que tomar será la del nuevo seleccionador; se aferrará a él con la esperanza de que la Selección pueda lograr mejores resultados en el futuro. Pero las reformas son otra historia y hoy son prácticamente imposibles porque requieren el respaldo de todo el Consejo Federal. Un Consejo en el que los amateur y la Lega Pro suman el 46% y la Serie A, el 18%.
Las posiciones de partida están demasiado alejadas como para poner a todos de acuerdo. Y luego, incluso dentro de las propias Ligas, suele haber enormes diferencias de criterio. Piensen en la reforma más manida de los últimos años: reducir el número de clubes profesionales, con una Serie A que pasaría de 20 a 18 o incluso a 16 equipos. Cuando en 2024 Gravina intentó forzar la mano, solo cuatro clubes votaron a favor: Inter FC, AC Milan, Juventus y AS Roma. Votaron en contra, por oponerse a Gravina, también De Laurentiis y Lotito, pero los otros 14 lo hicieron por convicción y el motivo es fácil de intuir.
El problema de ayer, hoy y mañana es el mismo: cada uno protege su cortijo. Nadie renunciaría a un puñado de millones por el bien del fútbol italiano; nadie antepondrá jamás el interés general al propio. Y esto al margen de Malagò, Marotta, Marani o quien sea.
Por todas las razones expuestas, hoy la FIGC necesita un comisario con poderes extraordinarios mucho más que un nuevo presidente. El ministro de Deportes, Abodi, pidió de inmediato esa vía, pero quien puede tomar esa decisión —el presidente del CONI, Buonfiglio—, en pleno terremoto por la eliminación, ya ha dicho que no se dan las condiciones para nombrarlo. Que no basta con quedarse fuera del Mundial como en 2014 para imponer un comisario al frente de la FIGC. El camino es largo, eso sí, y queda la esperanza de que el escenario cambie porque —spoiler— no se puede reformar de raíz el fútbol italiano intentando contentar a todos.
En este clima, en el fin de semana de Pascua, volvió nuestra liga. El Inter FC, que arrasó ante la AS Roma, estiró su ventaja en lo más alto de la tabla; el SSC Napoli, que derrotó al AC Milan en el Maradona, es la nueva segunda fuerza del campeonato. El equipo de Conte, gracias al gol de Politano, blindó su billete para la próxima Champions, pero a la vez agudizó los lamentos por una pelea por el Scudetto que nunca despegó por las numerosas, demasiadas lesiones. También ayer a los partenopeos les faltaron unos cuantos efectivos: no estaban Hojlund y Lukaku, ni Rrahmani, Vergara, Di Lorenzo y Neres. Muchas bajas, aunque menos que las 9-10 ausencias con las que Conte tuvo que lidiar durante varias semanas.
El SSC Napoli ha vivido este año una temporada por momentos calamitosos, pero hoy es segundo. Y además ha añadido una Supercopa a sus vitrinas. Aun así, los lamentos por lo que no fue pesan más que las sonrisas y podrían empujar al técnico salentino a seguir por tercer curso consecutivo. Sería la primera vez desde su etapa en la Juventus...
Por otro lado, está la Selección, a la que anoche, nada más ganar al AC Milan, Antonio Conte no le cerró la puerta. Al contrario. «Si yo fuera el presidente de la Federación, pondría mi nombre entre la terna de candidatos. Conozco el entorno, ya fui seleccionador dos años. Es un motivo de orgullo y es bonito representar al país. Pero conocéis mi situación: tengo otro año de contrato y, a final de temporada, hablaré con el presidente De Laurentiis», dijo. Más que un guiño, una puerta de par en par.



