El Bolonia renace en el Dall’Ara tras 106 días, pero ¿dónde se ha metido Odgaard?
Ciento seis días. Ese es el tiempo que ha tenido que pasar para que el Bolonia volviera a ganar en el Dall’Ara. La última vez fue el 9 de noviembre de 2025 ante el SSC Napoli: entonces el mundo rossoblù parecía soñar a lo grande, a solo tres puntos de la cima. Luego, todo se dio la vuelta. Hoy el Bolonia es octavo, venía de cuatro derrotas seguidas en casa y de una larga crisis de resultados que había resquebrajado certezas y clasificación.
Ayer, sin embargo, algo cambió. Ante el Udinese llegó un triunfo tan sufrido como valioso. Lo decidió el penalti convertido por Federico Bernardeschi, frío desde los once metros en el momento más delicado. Pero el dato que mejor explica el giro es otro: el Bolonia dejó la portería a cero. No ocurría desde el 22 de noviembre, también contra los friulanos. Un círculo que se cierra, o quizá que vuelve a abrirse.
La crisis no se supera solo por detalles, sino a base de decisiones. Y Vincenzo Italiano ha optado por cambiarle la piel a su equipo. Adiós (de momento) a un Bolonia descarado y vertical; paso a un 4-3-3 más prudente, compacto, pensado para frenar las contras rivales.
En el pospartido, el técnico fue claro: "Espero que podamos volver a ser también más agresivos y con más calidad. En este momento, lo único que hemos intentado ajustar eran las situaciones de contraataque. Las hemos limitado y los últimos tres partidos nos han dado la razón. Por ahora seguiremos así e intentaremos tener más solidez para tapar la profundidad y ser más pacientes. El camino emprendido parece el correcto y los chicos han reaccionado de forma excelente en los últimos cuatro partidos: incluyo también el de la Lazio".
Palabras que explican una elección pragmática: primero la solidez, luego el brillo. El Bolonia ha dejado de regalar metros y transiciones fáciles, se ha replegado, ha juntado líneas y ha aceptado esperar. No es todavía el fútbol vistoso del inicio de temporada, pero es un fútbol que suma puntos. Y ahora mismo era lo que tocaba.
El contraste con aquel 9 de noviembre es nítido. Entonces el Bolonia navegaba por la zona altísima de la tabla, empujado por la ilusión y una continuidad que parecía estructural. Hoy la realidad es otra: octavo puesto, una carrera europea por reconstruir, identidad por reencontrar.
Y, sin embargo, es en la dificultad donde se mide la madurez de un grupo. Los últimos tres partidos han dejado señales alentadoras: menos precipitación, menos desajustes, más compacidad. Un equipo quizá menos espectacular, pero más consciente de sus límites y de sus obligaciones.
Si hay una nota discordante en este nuevo equilibrio, lleva el nombre de Jens Odgaard. Siete minutos en los últimos tres partidos: entró en el 83' en Turín, luego banquillo ante Brann y Udinese. Una ausencia que pesa, sobre todo considerando el papel central que tuvo la pasada temporada, culminada con la victoria en la Copa de Italia.
Fue el propio Italiano quien tuvo la intuición de reconvertirlo en mediapunta en el 4-2-3-1, potenciando sus llegadas desde segunda línea, su calidad entre líneas y su olfato de gol. Hoy, sin embargo, el nuevo 4-3-3 parece penalizarle: menos sitio para un jugador híbrido, más sustancia en la medular y más disciplina táctica.
Y aun así, el Bolonia, el pasado 16 de febrero, blindó al danés con una renovación hasta 2029. Una señal clara de confianza e inversión. Sería una pena dilapidar un patrimonio técnico y humano.
La sensación es que la nueva solidez es solo el primer paso. Cuando la emergencia quede definitivamente atrás, quizá vuelva a haber espacio para ser agresivos y con mayor calidad, como desea Italiano. Y, quién sabe, también para volver a ver a Odgaard en el centro del proyecto.
Mientras tanto, el Dall’Ara ha recuperado la sonrisa. Y después de 106 días, no era, ni mucho menos, algo cantado.

