CRÓNICA: Cero efectivos
El Madrid se jugará su pase a las semifinales de Champions en el Bernabéu después de empatar sin goles contra el Atlético de Madrid en el Calderón. Los blancos coleccionaron las mejores ocasiones, pero pudieron llevarse un disgusto en el tramo final ante el arreón colchonero.
Hubo miradas al principio del partido que revelaron arengas previas y muchas horas de video y los madridistas esbozaron esa sonrisa que solo aparece cuando el orden natural parece restablecido. El Madrid se regaló entonces media hora de catarsis por la que cualquier psicólogo argentino le hubiera pedido oro. Tal fue su dominio del balón que por una vez al Cholo se le quedó pequeña la venda suya de cada pre-partido porque el Madrid, efectivamente, le superó en prácticamente todas las posiciones. Lo hizo, además, porque por primera vez en lo que va de temporada se atrevió a levantar las cartas del rival y verle el envite de la intensidad. [Así vivimos el partido en directo].
El gol pareció entonces una cuestión de tiempo pero el diván de la Champions no parece haber acabado de aventarle al Madrid el halo fantasmagórico de sus enfrentamientos recientes contra el Atlético. Sin saber muy bien cómo, la sana tensión competitiva fue dando lugar a ese pensamiento tóxico que equipara porterías con arcoíris y determina una imposibilidad casi física de poder penetrarlas, haga lo que haga uno ese día. De la euforia contenida tras ver a Bale encarar en solitario a Oblak después de un regalo similar al que le hizo Tiago en la primera parte de Lisboa se pasó a un ligero olor a chamusquina cuando las ocasiones se acumularon sin que el marcador se desencasquillase.
Con la pólvora mojada
Primero fue Bale en la antedicha jugada, que abastecerá de carnaza a los quintacolumnistas para cargar contra Florentino durante lo que queda de semana. Que el fallo, que lo fue, estuviera acompañado de una sensacional intervención de Oblak, que sacó un brazo espectacular en el mano a mano contra el galés, no impedirá la proliferación de oscuras teorías conspiratorias sobre autovías en no sé qué cordillera de Gales.
Más tarde fue el propio Bale quien intentó traducir el dominio en algo más carnal y se inventó un zapatazo desde fuera del área al que el portero que el Cholo amenazó con desalojar de Villa Favorita respondió con un despeje de mérito; y todavía en la primera parte James estuvo a punto de encontrar el agujero hacia el gol con una delicatesen con el exterior del pie a la que al portero esloveno aún le dio tiempo a atender pese a que se le habían amontonado veinte tíos en el salón. Del Atlético poco se supo, salvo un remate de Griezmann tras uno de los muchos errores en la salida de balón de Ramos que Casillas atajó sin problemas. Dicho así, puede que haya quien se lleve a equívoco y no debería: Ramos mandó en la defensa y fue el único que pareció mantener la intensidad durante todo el partido, mientras que Casillas siguió a lo suyo de los últimos tres años.
Lo de la intensidad no fue cosa menor, porque a la vuelta de vestuarios el cansancio o la ciclotimia pareció haberse apoderado de los de Ancelotti y no estuvo mal tener a un referente como el de Camas para saber adónde mirar cuando la grada se encendía. No es que el Calderón hubiese esperado a entrar en combustión tres cuartos de hora, claro. Durante la primera parte no se cansaron los aficionados de la hinchada modélica de reivindicarle al árbitro absolutamente todo, desde la distancia de las barreras, hasta los despejes con la espalda. Si no se hubieran tapado la boca y hubiéramos podido leerles los labios a los jugadores atléticos en sus innumerables protestas, no hubiera sido demasiada sorpresa pillarles cuestionando la redondez de la Tierra.
Bajón en la segunda parte
El caso es que el Madrid 2.0 se pareció demasiado poco al 1 y la cosa chirrió bastante. Se intuyó que el problema podía rondar también la sala de máquinas, con un Kroos menos efectivo de lo habitual y un Modric menos clarividente que de costumbre. Aún así, el croata atrapó con su imán un par de rechazos a saque de córner que bien pudieron haberle valido la redención. Ancelotti también entendió que la flojera venía por el medio y perdió el pulso de ver quién aguantaba más antes de hacer un cambio dando entrada, a falta de un cuarto de hora para el final del partido, a Isco por Benzemá. La sustitución pareció, además, más que justificada a la vista de que el galo parecía dispuesto a no desmentir sus escuchimizadas estadísticas contra el Atlético, aunque para ello hubiera que hacer huelga de remates caídos. A la segunda vez que se negó a disparar, embolicándose en un tacón a Ronaldo que pareció mucho más claro que su remate franco, Carletto perdió la paciencia y apostó todo a la magia de Isco. Tal vez olvidó, eso sí, que a falta de continuidad, al malagueño no se le dan excesivamente bien campos minados como los que propone el Atlético para pasar a la historia de este deporte.
La entrada de Isco ni siquiera le devolvió al Madrid la manija que llevaba toda la segunda parte buscando y el Atlético estuvo a punto de saltar la banca, con la indispensable ayuda de Casillas, del que no solo no se tenían noticias en las salidas, sino que parecía dispuesto a emularse a sí mismo en Lisboa. Por fortuna, esta vez Torres no fue Godín y la eliminatoria llegó viva al Bernabéu; un rédito que algunos madridistas hubieran firmado antes de empezar y con los que muy pocos estarán contentos visto lo visto.

