CRÓNICA: La pegada condena al Madrid de la posesión
El Madrid se deja media Liga tras caer en el Camp Nou (2-1) en un partido que dominó ampliamente después de que Cristiano igualara el gol inicial de Mathieu a balón parado. Hasta cinco clarísimas ocasiones acumularon los de Ancelotti, que vieron como el larguero y Bravo evitaban la victoria blanca.
Se abrió el Clásico que cerraba la jornada con un arranque populista del Barcelona que le bastó para encender a la grada y creer en la validez del ataque directo que tantos dilemas morales le planteó no hace tanto. De aquel barullo apenas se recuerda ninguna ocasión nítida, pero sí cuajó la sensación de que al Barça le iba más en el empeño. [Así vivimos el partido en directo].
Aquellos diez minutos en los que el Barça se regaló los oídos desde la grada los utilizó Luka Modric para situar a todo el mundo en el campo y empezar a repartir juego en consonancia. El despertar del croata se tradujo, por lo pronto, en tres ocasiones consecutivas que bastaron para silenciar aquel campo hostil; especialmente la primera, en la que Marcelo irrumpió desde la banda izquierda hacia el centro como si estuviera en Lisboa y sirvió a Benzema, aprovechando que Mathieu seguía estacionado en el área pequeña. El francés reparó en la internada de Cristiano por el flanco opuesto y el portugués, que había entrado en el partido con convicción pero sin tino, templó el pie todo lo que pudo para no violentar a la pelota y que ésta no se le fuera a las nubes, pero le volvió a tocar bailar con la más fea: el palo. Poco después, Isco, demasiado desfondado ayer, buscó su típico regate hacia fuera y la rosca, pero el balón salió mordido y lo acabó desviando un defensa a córner, lo que sirvió de excusa para colgar de nuevo el balón al corazón del área, esta vez desde la derecha, para que Ramos, ayer espeso en ataque y en defensa, cabeceara alto.
La tripleta de ocasiones sirvió para que el Madrid se sacudiera los complejos con los que pudiera haber llegado después de su fútbol de 2015, aunque fue paradójicamente el Barça el que se le adelantó inmediatamente después. Fue tras una falta muy dudosa de Pepe sobre Suárez que Messi botó impecablemente desde la línea de tres cuartos para que Mathieu –qué caprichoso es el fútbol– desnudase la empanada de Sergio Ramos en lo que va de temporada y cabecease cruzado lejos del alcance de Casillas.
Los momentos de incertidumbre que siguieron a aquel inesperado gol local estuvieron a punto de llegar a su culmen en una jugada embarullada en el área que acabó con el balón en las botas de Neymar casi en el área pequeña. El brasileño no supo qué hacer sin espacio para regatear y le entregó el balón a Casillas a media altura, tal vez confiando en que el de Móstoles estuviera ya desparramado por los suelos. No fue así, pero el tiempo demostró que tampoco iba muy desencaminado en aquella porfía.
Benzema diseña y Cristiano ejecuta
En la jugada siguiente, el Madrid castigó el perdón con una jugada impecable en la que Modric escogió el movimiento correcto, ejecutado, cómo no, por Benzema, que se inventó además una pisada sin retrovisor hacia la ansiosa carrera de Ronaldo. El portugués ésta vez sí encontró el camino del gol con la misma punterita que se lo negó la jornada anterior y que bastó para evitar la estirada de Bravo y anticipar la desesperada barrida de Alves.
El partido se convirtió entonces en un monólogo del Madrid, que acumuló hasta cinco ocasiones clarísimas para voltear el marcador. La primera, una contra en la que Cristiano y Bale salieron lanzados como puñales inmediatamente después del empate y que solo pudo abortar un Piqué rapidísimo al que se le intuían algunas cuentas pendientes después de su desastre de la primera vuelta. En la jugada siguiente Mateu anuló, a instancias de un juez de línea que obvió aquello de no pitar en caso de duda, un gol en el que Cristiano peinó ligerísimamente en fuera de juego un balón para Bale que el galés embocó hasta el fondo de las mallas.
No había pasado ni un minuto y el propio Cristiano se sacó un latigazo al que Bravo respondió desviando a córner con una manopla primorosa. El saque de esquina posterior dejó el balón muerto en el corazón del área sin que nadie pudiera pitar fuera de juego, pero esta vez fue Bale el que no atinó a embutir el cuero entre las mallas.
El Madrid perdona y lo acaba pagando
La segunda parte arrancó con la misma tónica y a punto estuvo Benzema de aprovechar una pared con Ronaldo para desnivelar la balanza. De nuevo Bravo estuvo providencial, o tal vez no tanto; pero desde luego esa fue la sensación que caló después de ver lo que había bajo los palos en el arco contrario. Con el Barça colgado sobre su propio larguero y Mascherano pisoteando el Grial de la posesión que tantos años le costó inocular al cruyffismo, primero, y al guardiolismo, después, fue Alves el que encontró la vía de agua que selló la defunción definitiva del tiquitaca. La jugada arrancó con un pase en largo del brasileño a la espalda de la adelantada defensa madridista en la que Pepe tiró la línea y Ramos no bailó pegado. Suárez amplificó el detalle con un control magistral y definió al palo largo mientras Casillas se desmayaba. El de Móstoles se tumbó para cubrir su palo, como si estuviera más pendiente de no cometer el error de libro que de defender su arco y su falló no tuvo Ramos que lo salvaran como en Lisboa.
El gol desinfló a un Madrid que no encontró físico ni toque para volver a remar cuesta arriba y, en esas lides sí estuvo Casillas para salvar el goal average, especialmente en dos fusilamientos de Alba y Messi con el partido ya roto. Cuesta encontrarle disculpa al capitán, especialmente porque el botín parece demasiado menor y porque aquel correcalles que favoreció -chúpate esa, Guardiola- al Barcelona lo había generado su error. Pero, sobre todo, porque el abismo de juego que se vio en el campo durante casi una hora acabó siendo inversamente proporcional al que media ya en la clasificación.

